No son raquetas, son palas”, me dijo mi hermano cuando le pedí la suya para jugar al pádel con otros tres padres. Estaba cansado de caminar solo, necesitaba hacer algo de deporte pero, sobre todo, estaba ansioso por pasar un buen rato.

La cita era en una urbanización de adosados a las afueras de un pueblo púnico. Al sur de Madrid. Y allí que me planté con mi moto, mi chandalito, mis palas –que no son raquetas- y una mochila con dos litros de Acuarius o Gatoreid. Era azul. Todo perfecto.

El más ducho de los cuatro, el que cedía la pista de pádel para el test, nos dio unas nociones básicas. Explicó las normas y, con paciencia infinita, insistía una y otra vez en la importancia de la pared. No hizo falta echar a suertes los equipos. El más gordo y entrado en edad, -o sea, el menda lerenda- iría con el que más sabía. Y empezamos a pelotear. Sin raqueta, con la pala. Ofcors.

La noche estaba avanzada y le dábamos a la pelota concentrados porque íbamos con un ajustado cinco juegos a cuatro en el marcador. Estaba al caer la bola de set. Y cayó. Pero no la bola. Caí yo. Entero.

Recuerdo borrosa la jugada. Se me había metido el sudor en los ojos. No llevaba gafas y los focos destellaban cuando entornaba la vista en busca de la pelota. Me pesaban las piernas. Mi mente llegaba antes que el resto del cuerpo a una bola que fue definitiva, aunque nadie lo celebrara. Caí como un borracho cuando pierde pie y no llega a tiempo para poner las manos. Me…

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Golpe de pádel